Gran Sabana no postal

Mi madre siempre dice que vivo "en el fin del mundo". Yo vivo en la Gran Sabana, en el sureste extremo de Venezuela, en un sitio tan distante
y tan distinto que hasta se me ocurrió quedarme a vivir. Los invito a conocer esa Sabana que experimento en mi cotianidad: la Gran Sabana no postal.

lunes, 28 de agosto de 2017

Ela não é brasileira



Un lector venezolano, residenciado en Boa Vista, nos envió esta ilustración de Sergio Paulo capturada en las redes con un comentario único: "Mira que feo".


A la altura del puesto de control conocido como La Balanza, en donde por tradición un par de funcionarios de Hacienda apenas observaba el ingreso de vehículos desde el extremo norte del Brasil, de cara a Venezuela, este miércoles 24, un efectivo del Ejército Brasilero pregunta: “Tudos são brasileiros?” y la pasajera del extremo derecho del asiento trasero intermedio responde, colocando su dedo índice izquierdo sobre la cabeza de la pasajera contigua: “Ela não. Ela é venezuelana”.

La extranjera se identifica y el efectivo invita al chofer del vehículo por puesto a seguir adelante. Entonces, la mujer de la ventanilla derecha insiste: ¿E você, não necessita carimbar (sellar su ingreso o salida)? A lo cual la mujer venezolana responde: “Não necessito. Tenho residência. Sou estudante de postgraduação”.

Por estos días, de acuerdo con las informaciones publicadas una y otra y otra vez por los sitios web, por los diarios, por las radios y televisoras de la entidad brasilera fronteriza con Venezuela, alrededor de 30 mil venezolanos moran en Boa Vista, la capital de la entidad brasilera que colinda con Venezuela.

La mayoría de ellos trabaja duro (8, 10, 12 horas) para pagar alquiler, comida, transporte y enviar el excedente (si lo hay) a sus familiares en Venezuela; muchos mendigan o imploran por un empleo en las puertas de los bancos, de las loterías, de los supermercados o en los semáforos de las principales avenidas; algunos deambulan o ven pasar el día y la noche en las plazas locales; docenas de mujeres ofrecen sexo por 80 reales (el equivalente a 280 mil bolívares) en los alrededores del Terminal de Pasajeros de Caimbé; algunos estudian y triunfan ejerciendo los oficios y profesiones para los que se formaron; los menos roban.

El cuentakilómetros registra el primero de los 230 kilómetros que separan este extremo del Brasil de Boa Vista. Se consumen los primeros 10 de los 150 minutos siguientes y las dos mujeres de las ventanillas intermedias laterales del carro por puesto vociferan, tras advertirle a la venezolana (sentada entre ambas) que saben que ella era diferente, que las venezolanas “são sujas”, que no lavan la loza inmediatamente después de comer y que acumulan lar ropa usada hasta no tener ni una pieza limpia; que las venezolanas  são putas”, que ofrecen sexo por dinero en Boa Vista y que un grupo de ellas intentó hacer negocio en Tepequém, una localidad turística de estado de Roraima y que de allá las sacaron a pedradas; que las brasileiras hacen el amor con los ojos cerrados, disfrutando a plenitud del amor carnal y que en cambio las mujeres venezolanas abren los ojos para ver qué pueden robarle a su amante; que los hombres venezolanos están robando en Boa Vista, transformando el sitio en un lugar inseguro y que ambos, mujeres y hombres venezolanos son “bagunceiros” (desordenaros, flojos, bochincheros), aprovechadores que vivieron en Venezuela mientras el Gobierno les concedió beneficios y que ahora pretenden hacer lo propio en Brasil; que las tierras venezolanas “são maravilhosas” y “as bananas são asim”, de una cuarta de altura, pero que los venezolanos “não sabem trabalhar”; que la mayoría de quienes llegan a Boa Vista proceden de San Félix y Ciudad Bolívar y que “são malandragem”.  Mas você não, você é trabalhadora é chique”, insisten refiriéndose a la pasajera del centro intermedio. Uffff….

Ellas dos, las brasileras de los laterales, son ex mujeres de mineros; de hombres que hicieron fortuna y que la perdieron tras hurgar durante años en las tierras de Guayana, ese espacio compartido entre Guyana, Brasil y Venezuela, conocido como El Dorado. Sin embargo, no se conocían hasta que coincidieron en el carro por puesto.

Tras desahogarse, coinciden en que conocen y adoran Venezuela; una de ellas, la de más edad, cuenta que vivió en Venezuela durante más de 40 año, que tiene hijos y nietos venezolanos y recibe un “benefíçio” de una institución policial regional, porque allí trabajó durante una década y la otra dice que anhela jubilarse y radicarse en Mérida -“Não ví cidade mais linda”- o en Margarita, “porque em Margarita o shopping tem de todo. Cadé a crisis?Dónde está la crisis? Se pregunta recordando el Centro Comercial Costa Azul.

Mientras el carro por puesto rueda hacia Boa Vista, la prefecta Tereza Surita detalla durante una rueda de prensa los alcances de su plan para tratar la creciente migración de venezolanos. La Prefectura impulsará un censo y beneficiará con alquiler y comida a aquellos migrantes que estén en condición de calle. Este plan, según explicó, es una expresión de solidaridad que pretende sacarlos de la mendicidad, darles un plazo de seis meses para que puedan instalarse y encontrar empleo, al tiempo que una estrategia para proteger los espacios públicos que tanto le han costado a las autoridades locales y a la ciudadanía.

Sin embargo, no todo el mundo recibe la noticia como un gesto de buen corazón.

Las redes sociales se encienden con expresiones de rechazo hacia los venezolanos y hacia la prefecta. “Mira que feo”, comentó el amigo y lector que me envió la ilustración que acompaña a esta crónica.

En la Folha Web, Luan Guillerme Correia recuerda que aún espera para ser discutido y votado en el Senado Brasileiro la propuesta de enmienda de la Constitución 25/2012 que permitiria a los extranjeros residentes em Brasil votar en las elecciones municipales.

Una vez en Boa Vista, ambas mujeres descienden y los tres hombres, el conductor y los otros dos pasajeros hombres se disculpan con la venezolana. El chofer y el abogado, sentado a su lado, entusiasman a la venezolana a desoír a los brasileros.

El ocupante del asiento del fondo está furioso. Dice que vive en Tumeremo, una localidad minera del sur venezolano, en donde tiene una mujer y cuatro hijos, todos venezolanos. 

Según su historia hace parte de los miles de brasileros que pasaron a Venezuela ante el cierre de los garimpos (campamentos mineros) en las tierras indígenas yanomami (en Brasil) durante la última década del siglo pasado. Dice que por nada del mundo dejaría Venezuela. Le gusta Tumeremo. Dice que se hace dinero y tiene dos casas bonitas. 
Apenas fue a Boa Vista para renovar su título de elector.

Aunque esté furioso, él comparte con las dos mujeres una historia común: son migrantes que llegaron a Guyana tras la mina, el garimpo, el oro, los diamantes, esa ilusión de riqueza súbita que durante más de cinco siglos ha motivado a los hombres y a sus mujeres a entregarse en la búsqueda de El Dorado, sin importarles cuánto dejan atrás, la tierra que devoran a su paso, las fiebres palúdicas, la llaga brava (la leishmaniosis). El Dorado es oro, es gasolina, son reales es un salir de súbito de la pobreza.


 “Por qué esa mujer tuvo que decir, Ela não é brasileira. Ela é venezuelana, si este mundo es de todos y todos deberíamos poder ir a donde queramos”, insiste el pasajero del fondo hasta el momento de bajar. Han pasado exactamente 150 minutos.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Los pobres huyen de la miseria calzados a duras penas y por tierra


Quienes logran burlas los puestos de control vial, caminan durante cuatro días hasta llegar a Boa Vista. Llegan agotados, deshidratados, hambrientos y con los zapatos deshechos. Fotografía: Cortesía.


Una amiga, descendiente de españoles, me contó -cuando apenas comenzaba nuestra crisis, a mediados de los noventa- que a su abuela cuando llegó a Venezuela le llamaban la atención los zapatos de los venezolanos porque, a diferencias de los calzados de quienes viajaron a América a mediados del siglo XX, eran lustrosos, limpios, confortables. Para la abuela eran una señal de dignidad, de la prosperidad sencilla de los habitantes del país que adoptó como propio.
Son las cinco de la tarde, corre julio y en la sede de la Policía Federal (PF) brasilera en Villa Pacaraima tres jóvenes venezolanos aguardan por un milagro.
Uno de ellos cuenta que no los quieren dejar entrar al Brasil.

Villa Pacaraima es la primera población brasilera de cara a Venezuela, a 15 kilómetros de Santa Elena de Uairén, la última localidad hacia el sureste extremo venezolano y a 230 kilómetros de Boa Vista (BV), capital del estado de Roraima.

Boa Vista es una ciudad de 326 419 habitantes (IBGE 2016) en donde ahora residen, trabajan, buscan empleo, estudian, mendigan, se prostituyen, delinquen y se refugian aproximadamente 25 mil venezolanos, según la cifra que maneja la Folha de Boa Vista, el más leído de los diarios de la entidad.

Los tres del comienzo apenas superan la mayoría de edad.

Uno calza un par de zapatos de cuero amarrados con sendos pedazos de cordel de nylon: el derecho en verde y el izquierdo en rojo. Los tres van de camisetas y gorras. Dos llevan pantalones cortos. Uno con leguins negros por debajo. El tercero viste de largo. Aunque ya no hace calor, los tres lucen sudorosos.

Entonces, faltando minutos para el cierre de la dependencia, aparece el permiso de ingreso y el de pantalones largos se incorpora, se cuelga el morral de lona cilíndrico color verde oliva, del que usan los soldados del Ejército venezolano y agradece con una sonrisa y sus palmas en rezo. El que le sigue lleva a sus espaldas una colchoneta de goma espuma. El tercero una mochila común.

Se hizo el milagro.

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Termina la primera semana de julio, agoniza la mañana y en los bancos de madera, en el frente que sirve de sala de espera a la sede de la PF-Villa Pacaraima, no cabe ni uno más. Todos somos venezolanos. Los brasileros y los viajeros de otras nacionalidades fluyen por separado. Hasta 2013, quienes habitamos en esta frontera apenas esperábamos minutos para carimbar (sellar), para ir al médico, para pasar un fin de semana diferente. Ahora hacemos cola, de pie o sentados, durante horas: dos, tres, cuatro o más.

“Todo ha cambiado totalmente”, comentó Iván de la Vega, un investigador de la Universidad Simón Bolívar (USB) en un reportaje publicado en el sitio web de The New York Times en español en noviembre de 2016.
Se refería a que durante 2016 se incrementó en 60% el número de venezolanos que se fueron del país en comparación con el año anterior y dijo lo que sigue:
“Los ingresos de estas personas son bajos (...) La única opción que les queda es irse a los países cercanos, los que pueden llegan a pie, en balsas o en barcos con motores pequeños”.
Esta es la segunda diáspora, la de los desprovisto de dinero, de un aval académico o empresarial o que les abra las puertas en los Estados Unidos o Europa. Los de alta calificación e ingresos elevados, se fueron, según un trabajo publicado por Anitza Freitez, investigadora de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), desde mediados de los noventa del siglo pasado y consiguieron saliendo durante los primeros años del tiempo que corre.
Los que salen ahora, en 2017, por esta frontera, llegan por lo general en bús y siguen su travesía en carro por puesto, en otro autobús, a veces, incluso a pie.

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La mujer de al lado, sobre el tercero de los bancos de madera, en el frente que sirve de sala de espera a la sede de la PF-Villa Pacaraima, reposa sus pies descalzos -hinchados- sobre su equipaje.

Viene de Vargas. Debió rodar al menos 20 horas -1400 kilómetros- hasta atravesar el país en un recorrido desde el litoral norte hasta el sureste profundo venezolanos. En su entidad, una franja costera aledaña al Distrito Capital, ejerce como policía. Se graduó con honores. 
Quiere llegar a Boa Vista para trabajar en una cocina durante un mes. La amiga que la recomendó le dio garantía de que recibirá comida y pernocta. Así que ella se vino con la certeza de que se llevará el salario intacto y de que aliviará, al menos por unos días, la situación económica de la familia. A la fecha, el real brasilero ronda los Bs. 2400.

Más allá, reposa un morral con los colores de la bandera venezolana, amarillo, azul y rojo, de los que entrega el Ministerio del Poder Popular para la Educación a los estudiantes de los niveles básico y medio y al lado espera un hombre joven calzando un par de deportivos de marca reencauchados.

En el lugar contiguo, aguarda otro muchacho con zapatos casuales renovados mediante una costura a mano; la chica que le acompaña lleva unas sandalias de goma tan desgastadas que apenas la separan del piso; en el lugar que sigue, espera otro chico con unas zapatillas deportivas de tela endurecidas por el lodo seco; en el inmediato, está sentado un hombre con un par de botas de lona recién salpicadas de fango y a su lado otro morral cilíndrico verde oliva.

En el pasillo de ingreso al recinto, los viajeros que toman esta vía para hacer la conexión aérea desde BV hacia otras ciudades de Brasil o del mundo abandonan sus maletas de rueditas. Los vuelos desde y hacia Venezuela son cada vez más escasos y el Aeropuerto Internacional de BV se ha convertido en una alternativa.

Los propietarios de las maletas de rueditas debieron llegar temprano porque ya ocupan el primero de los bancos de madera y se alistan para ingresar. Se diferencian del resto porque llevan carpetas con las impresiones de sus boletos electrónicos y van vestidos y calzados de otra manera: franelas de la UCAB, una de las principales universidades privadas del país, una chaqueta Ducati, una gorra Everest Poker, zapatos deportivos Adidas, New Balance, botines Merrell.

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A mediados de abril, cinco hombres warao caminan rumbo a BV. Dos de ellos llevan a sus espaldas los morrales con el tricolor venezolano. Los otros tres llevan la carga en bolsas plásticas negras. Son las tres de la tarde y el calor es infernal.

La migración de los warao, habitantes ancestrales del Delta del Orinoco, hacia el norte del Brasil se inició en 2014 y se incrementó en la medida en que se agravó la crisis del país. 

Según los reportes de El Pitazo, Folha Web y BBC Mundo entre Villa Pacaraima, Boa Vista y Manaus, en la Amazonía brasilera, residen alrededor de 750 warao, entre mujeres, hombres y niños. La mayoría mendiga.

A la altura de la Tierra Indígena de San Marcos, cercana a Villa Pacaraima, los cinco, un adolescente, tres adultos jóvenes y un hombre mayor, levantan el pulgar al tiempo que imploran uma carona (una cola).

Un conductor brasilero reduce la velocidad y les ofrece llevarlos a cambio de 20 reales por cada uno. “No tenemos real”, dice uno de ellos. Y el hombre acelera a fondo, aunque asegura que se le rompe el corazón al verlos así.

20 reales es la mitad de lo que cuesta el pasaje en un carro por puesto y dos tercios de los que cobra el autobús que conecta a Pacaraima con BV.

A diario, venezolanos solitarios o en grupos de tres, de cuatro, de cinco caminan sobre el hombrillo derecho en la BR174 en sentido Venezuela-Brasil. Pocos consiguen cola o pagar por un puesto a bordo de un carro venezolano o brasilero. Viajan sin el permiso que otorga la PF para ingresar al país.

Los conductores de los carros por puesto se apuran al verlos. Les temen. Aseguran que las autoridades viales imponen multas de 800 reales por llevar un extranjero ilegal. Un chofer cuenta que uno de sus colegas debió pagar 2400 reales porque subió en la ruta a tres venezolanos sin papeles.   


Entonces, no hay alternativa: Quienes logran burlas los puestos de control vial, caminan durante cuatro días hasta llegar a Boa Vista. Llegan agotados, deshidratados, hambrientos y con los zapatos deshechos. 

viernes, 7 de abril de 2017

"Venecas" en Boa Vista

Así nos llaman algunos; "venecas". Otros nos expresan: "bem vindo o bem vinda". Fotografía: Morelia Morillo

Es 30 de marzo, 10:00 de la mañana y en la Sala de Imprenssa  de la Policía Federal,  en Boa Vista, se agotan las sillas y el tiempo.

De los más de 60 en espera para legalizar su permanencia en el país, al menos 55 somos venezolanos: 50 solicitan refugio alegando cuestiones como la falta de alimentos y la persecución política; cuatro gestionan la residencia temporal, mediante la cual el Brasil alberga a sus vecinos desde hace alrededor de un mes y yo tramito mi permanencia como estudiante de postgrado.

La bioanalista merideña que aspira a la residencia temporaria explica que pagó 330 reales, el equivalente, de acuerdo al cambio callejero que funciona en Santa Elena de Uairén, a Bs. 363 000.

Boa Vista es la capital del estado Brasilero de Roraima, que hace frontera con Venezuela; Santa Elena es la última ciudad venezolana hacia el sureste distante. Entre ellas hay 230 kilómetros de distancia a través de la BR 174, una vía de dos canales en ampliación.

Jasiel Salazar, minero, quiere hablar, en español, en portugués, dice que quisiera participar de una conferencia, de una rueda de prensa, que no tiene miedo, que no tiene pena, que quiere contar "las faltas de respeto que están cometiendo las gentes del gobierno con los venezolanos".

Él trabajó durante años en San Antonio, en el kilómetro 33 del tramo de la Troncal 10 que une a El 
Dorado con el Kilómetro 88, dos de los principales pueblos mineros del sur venezolano.

Dice ser "testigo de las toneladas de oro que se sacan de Venezuela y por eso no entiende por qué los habitantes de un país tan rico se van (¿Huyen?) hacia otro país probablemente menos rico.  Ahora mismo, él tramita su residencia en el Brasil.

"En la mina uno sabe si entra, pero no sabe si sale", explica con respecto a su partida. Una serpiente, un temblador, un barranco; las vacunas (sobornos) que, según él, cobran la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), el Ejército, el Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (Cicpc), la Policía del Estado Bolívar (PEB) y los sindicatos; así se les conoce a los grupos armados que prestan seguridad a cambio de dinero u oro en el sur minero venezolano.

No los ha visto, pero asegura que a algunos mineros los han picado en pedacitos y los sepultan dentro de un saco. Dicen que son demasiados los riesgos y que él tiene su familia, su mujer y dos hijas a quienes quiere ver crecer. Dice que por eso salió de la mina.

Llegó al Brasil hace cuatro meses, un viernes de finales de noviembre y el sábado siguiente su mujer dio a luz; los primeros dos meses se hospedó en casa de unos amigos; trabaja haciendo "lo que sea", albañilería, limpia patios, casas; su hija de seis tiene que comenzar de cero en la escuela y su esposa se dedica a la bebé y al hogar.

Sus sueños son comprar un terreno en Boa Vista, construir algo y ahorrar para arreglar su casa de San Félix "para cuando mejoren las cosas en Venezuela".

El chico de Caracas (21) llegó a Boa Vista hace dos meses. Allá tenía un kiosco, una venta de comida y cerveza. Antes, estudiaba ingeniería en la Universidad Central de Venezuela (UCV), pero desertó porque "soy un chamo, pero siempre he tenido que ganarme la vida. Me tocó ser el hombre de la casa". Entonces, transcurría su día entre el negocio y varios cursos de criminología, balística, forense. "Pero ya no me alcanzaba para vivir".

Aquí, durante dos semanas, recogió latas en la calle y ahora trabaja en un auto lavado. La dueña de la casa en donde vive le informó acerca de la posibilidad de gestionar su residencia temporal. No habla el portugués, pero lo entiende. Entiende cuando sus compañeros de trabajo se refieren a él como el "veneca" y advierten que "esses vem com suas manhas".

Así nos llaman algunos; "venecas". Otros nos expresan: "bem vindo o bem vinda".

Cree que en días pasados su patrón lo puso a prueba. Estaba limpiando un vehículo por dentro y se encontró un paquetito de reales. Entonces lo llamó: "E ahí patrão embora para acá, esto que está aquí no es mío". Desde entonces, su jefe sale a comer a mediodía y lo deja encargado de culminar con los carros pendientes y de cobrar. "Esse veneca é honesto", le oyó decir.

Sueña con estudiar y concursar para ser parte de la Policía Federal del Brasil.

El chico de Maracay estudiaba Derecho y decidió emigrar cuando su novia salió en estado. Trabajaba, pero no le alcanzaba el dinero. Su padre, quien tiene un empleo fijo y una parcela en donde siembra, lo ayudaba, pero a él le avergüenza ser una carga más para el viejo.

"Además, en Maracay, si tu sales de la casa estás robao. A mí me robaron como 10 teléfonos en dos meses. Mi abuela vivía en frente de la casa. Un día viajo a Puerto Ordaz para visitar a mi tío y los ladrones le sacaron todo en un camión. Lo único que les faltó fue arrancar la casa".

Puerto Ordaz y San Félix conforman Ciudad Guayana, aproximadamente 1030 kilómetros de Boa Vista. Hasta hace al menos una década Ciudad Guayana era una urbe próspera. Ahora encabeza los índices nacionales de violencia. Según el Observatorio Venezolano de Violencia (OVV), durante cada uno de los días transcurridos a lo largo del año 2017, dos guayaneses han sido asesinados.

Él llegó a Boa Vista el 29 de noviembre y el 30 comenzó a trabajar con unos conocidos en una construcción. Cada vez que puede le manda dinero a su mamá. Sueña con regresar "cuando las cosas cambien".

La bioanalista salió de la Universidad de los Nades (ULA) con promedio de 15 puntos. Se pagó sus estudios en Mérida porque su familia, que vive en Táchira, no tenía dinero. Tras graduarse, trabajó durante dos años en Barquisimeto, en uno de los mejores laboratorios del país, le daban incluso residencia, pero apenas le alcanzaba para vivir, pagó las deudas en sus tarjetas de crédito y compró un teléfono que le robaron en diciembre en Caracas.

Llegó a Boa Vista hace dos semanas. Pagó las gestiones por la residencia temporal tras canjear los últimos 100 dólares es que le quedaban de sus escasos ahorros. Por ahora, vive en casa de su hermana y su cuñado, ambos venezolanos. La hermana, madre de dos niños, trabaja de siete a siete en un supermercado y hasta las 12:00 de la media noche en una churrasquería. 

A medio día y antes de comenzar con su jornada de trabajo nocturno va a casa y atiende a los niños que alternan su día entre la escuela y la guardería. Su cuñado se gana la vida arreglando motos. Emigraron porque en Maracay no les alcanzaba el dinero y por la inseguridad.

Maracay una ciudad que hasta hace una década y media era conocida como "el jardín de Venezuela" es ahora temida por la presencia y poder que en el centro del país alcanzaron las "mega bandas", corporaciones del crimen organizado.

En la parada de autobuses cercana a la sede de la Policía Federal un chico escribe, en español, la razón por la cual está solicitando refugio: "En Venezuela, no se consigue trabajo ni comida (…) Gracias a Dios, ya estoy en Brasil", logro leer.

En la Maestría en Sociedade e Fronteiras de la Universidad Federal de Roraima (UFRR) al menos cuatro o cinco de los 17 nuevos estudiantes aspiran a desarrollar sus disertaciones sobre las migraciones venezolanas en Roraima. Al menos uno de los participantes, expresa que no entiende cómo es que en un país petrolero no hay comida. "Não da para entender".



lunes, 27 de febrero de 2017

Buenas noticias!!! Gracias totales

Imagen de Cortesía.

Les cuento: Este fin de semana, cuando ya no esperaba nada, recibí el correo de la Organización de Estados Americanos (OEA) y el Grupo Coimbra de Universidades Brasileras diciendo que fui seleccionada como becaria de su programa posgrados para extranjeros en su edición 2016-2017.

Voy a estudiar una maestría en Sociedade y Fronteiras en la Universidad Federal de Roraima (UFRR), en Boa Vista, a 230 kilómetros de casa. Cuando leí el correo, lloré de alegría porque la posibilidad de postularme a esta beca llegó a mí gracias a Domingo González, un lector de Las crónicas de la frontera,  a quien nunca he visto, pero con quien mantengo una relación de aliados.

Hace aproximadamente seis meses, él me escribió pasándome el link para que me postulara y me colmó de ánimo y elogios. Por tanto, esta beca es para mí un reconocimiento al trabajo de siete años desde Las crónicas de la frontera. Gracias Domingo. Te abrazo y en ti abrazo a cada lector que me motiva a seguir adelante. Ustedes me entusiasman cuando decaigo y me acompañan cuando sigo.

Aún no sé si me iré durante los dos años que dura el programa o si viajaré semanalmente; ni siquiera cómo pagaré mis diligencias iniciales y mis pasajes, pues el convenio cubre los gastos del becario a partir de la llegada al Brasil y yo vivo como cualquier venezolano de hoy, con lo puesto.

Tengo hijas, un marido, una casa con vista al Roraima y amo cada gota de agua, cada piedra, cada copo de nube y claro cada río, cada tepui, cada una de las vistas infinitas de este paraíso terrenal que es la Gran Sabana. Este es mi hogar, mi razón de hacer.

La Gran Sabana me enseña cada día que la belleza y armonía de la naturaleza tienen un propósito terapeútico en la vida de los hombres: nos calma y nos humaniza. Y ese hermoso paisaje es una fábrica poderosa de recursos vitales: agua, oxígeno, medicina. Descarto recursos como oro y diamante porque por cada gramo se sacrifican sin medida el ambiente y la comunidad.

Creo firmemente en que sólo en la medida en que haga de mi entorno un mejor lugar, haré de mis hijas seres mejores. Quiero estudiar un poco más, hacerme una mejor periodista y contribuir a hacer de este sitio un mejor espacio de convivencia respetando la naturaleza, la Gran Sabana y sus habitantes ancestrales: el Pueblo Pemón.

De nuevo, gracias a Domingo González y a todos esos lectores que me animan a seguir haciendo lo único que me gusta y sé hacer como oficio: escribir. Como diría Cerati: Gracias totales!!!


jueves, 26 de enero de 2017

Los saqueadores viajaron en autobús desde el Km 88




En la frontera venezolana hacia el Brasil, los alimentos de primera necesidad son probablemente más caros que en el resto del país, pues los precios se calculan en reales brasileros o en oro y la salida de circulación del billete de Bs. 100 paralizó un mercado que se maneja casi exclusivamente en efectivo. Sin embargo, los protagonistas de los saqueos de diciembre pasado fueron un grupo de hombres y mujeres foráneos que cargaron sobre todo con ropa, si bien a aquella acción se sumaron algunos habitantes de esta ciudad que hasta hace pocos años fue un oasis paz en medio de la majestuosa Gran Sabana. Fotografía: Morelia Morillo


El 17 de eneros, El Pitazo editó y publicó este relato…

La mayoría de quienes participaron de los saqueos del 17 de diciembre pasado en Santa Elena de Uairén llegaron a esta frontera en dos autobuses y media hora después ya estaban violentando santamarías, estallando vidrieras y cargando en sus brazos con todo cuanto podían.

Los dos autobuses -destartalados, de vidrios ahumados y sin señales vigentes que los vinculen a alguna de las líneas que a diario viajan al sur- permanecen a la orden de la Fiscalía VI del Ministerio Público en el estacionamiento de la sede que comparten el Instituto Nacional de Transporte Terrestre (INTT), parte de las dependencias del Servicio Administrativo de Identificación Migración y Extranjería  (Saime) y que a su vez colinda con el Centro de Coordinación de la Policía del Estado Bolívar (PEB) en Santa Elena, la última de las ciudades venezolanas hacia el sureste remoto.

Un vocero del llamado grupo de los consejos comunales contó, luego de solicitar que se reservara su nombre, que recibieron una llamada de un miembro de uno de los sindicatos que hacen vida en el Kilómetro 88, un pueblo minero ubicado sobre la Troncal 10 a 227 kilómetros de Santa Elena.

En sur del estado Bolívar, se llaman sindicatos las organizaciones armadas que imponen el orden mediante el terror en los yacimientos ilegales de oro y diamante, a cambio de un porcentaje.

"Nos dijeron que de allá habían sacado a un grupo de gente y que esa gente subió a dos autobuses que viajaban hacia acá con pocos pasajeros (…) Los pasajeros a los que entrevistamos, la gente de aquí, nos dijo que venían asustados porque algunos de esos hombres estaban armados (…) Los consejos comunales y las cooperativas de moto taxis nos movimos hasta La Guillotina, pero nos dijeron que ya había pasado uno de los buses".

La Guillotina es el último de los seis puntos de control distribuidos entre el 88 y Santa Elena, a lo largo de la Troncal 10. En el sitio, como en la mayoría de las alcabalas pre fronterizas, hay efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), en una de las seis alcabalas se encuentran apostados soldados del Ejército y en la comunidad indígena de Kumarakapay funcionarios pemón de la PEB.

Aquel sábado, 17D, según los relatos de los testigos y la versión del vocero del consejo comunal, los pasajeros de al menos uno de los dos buses no descendieron en el Terminal de Santa Elena de Uairén sino en la entrada de la localidad, sobre el encuentro de las avenidas Perimetral y Mariscal Sucre y desde allí caminaron hacia el centro de la ciudad.

Mientras un grupo caminaba por la Mariscal Sucre hacia el oeste, hacia el comercial las Tres Vírgenes, el otro lo hacía por la Perimetral hacia el sur, hacia la calle Urdaneta.

"Había un descontento porque en las Tres Vírgenes estaban vendiendo muy caro y cobrando un porcentaje por las tarjetas", comentó un comerciante local al tiempo que prohibió dar su nombre.

"Primero llegaron aquí, pero el policía que estaba afuera logró controlar la situación y ellos siguieron", comentó un empleado de las Tres Vírgenes, el bodegón más surtido de la zona.

En Santa Elena de Uairén es común que los establecimientos comerciales más exitosos cuenten con la custodia exclusiva de un agente de la PEB.

Quienes minutos antes habían abandonado aquel autobús, continuaron caminando por la Avenida Mariscal Sucre y cruzaron en la calle Roscio, media cuadra antes de llegar al Destacamento de Fronteras 623 de la GNB. Se proponían entrar al Comercial Calle Roscio, pero fueron rechazados por el grupo del Poder Popular, de la GNB y del Ejército que los esperaba.

"Venían desde aquí y desde allá", desde los dos extremos de la vía. "Pero los más numerosos eran los que venían de acá", de la Mariscal Sucre, los foráneos. Los que venían en sentido contrario eran los habitantes de la localidad que se iban sumando al rumor de saqueo.

"Logramos cerrar aquí y cerramos Chamín", dijo el vocero de los concejos comunales en el Comercial Calle Roscio, uno de los primeros supermercados chinos de esta frontera. Chamín por su parte es uno de los principales distribuidores de frutas, verduras y carnes de Santa Elena.

Los videos colgados en youtube permiten ver, frente al Comercial Calle Roscio, una barrera de uniformados y civiles. Sin embargo, en el resto de las vías del casco central los efectivos eran pocos y quienes protegían los locales comerciales eran los propietarios, sus clientes, los moto taxistas, los voceros de los consejos comunales, todos armados con palos, cabos de hachas, picos y palas que repartió el dueño de una de las ferreterías del centro.

Un efectivo de la GNB adscrito al Destacamento 623 dijo que él, como tantos otros, ya se encontraba disfrutando del descanso decembrino y que fue convocado a regresar al Comando.

Sobre el mediodía,  a 200 metros de distancia, docenas de personas, la mayoría de ellos desconocidos, cargaban con la carne, el pescado, el pollo y el dinero en el abasto Yor Bellorín, dejando las verduras y las frutas. A ellos se sumaron algunos habitantes de esta localidad de alrededor de 30 mil personas en donde muchos se conocen al menos de vista, así lo demuestran los videos de las cámaras de seguridad y captados por celulares.

Poco después, en la calle Urdaneta, otros arremetían contra los portones y exhibiciones de La Chiquitina y la Wrangler, tiendas de ropa ubicadas a menos de 100 metros de la Alcaldía del municipio Gran Sabana. 100 metros más allá, otro grupo desmantelaba Paraíso Intimo, un almacén de venta al mayor y detal de prendas de uso interior y de dormir.

"Trapo no cubre hambre", dejó colar una mujer vinculada a uno de los negocios saqueados entre sus labios fruncidos. "Eso es mentira que no era gente del pueblo", cuestionó, puesto que ella logró identificar a varios vecinos, cargando con la ropa de la primera sección de la tienda.

Según sus cuentas, de su establecimiento se llevaron alrededor de Bs. 70 millones. Tan sólo la máquina fiscal le costó dos millones. Dijo que ninguna institución gubernamental ha concretado la ayuda financiera de la cual se ha hablado. Tras 11 años de trabajo, su local está vacío; la tienda Wrangler mantiene la santa maría abierta a medias y Paraíso Intimo está como quedó aquel día: en el suelo; a través de las rejas, se observa un cementerio de maniquís y mobiliario roto.

"Definitivamente fue un atraco colectivo de las tiendas de ropa de Santa Elena de Uairén (…) La mayoría era gente de San Félix", definió Lisa Henrito, líder de la Comisión de Seguridad Indígena que acompaña a la PEB en sus funciones en el municipio Gran Sabana, tierra ancestral del pueblo pemón.  Ella agregó que había personas del pueblo instigando a saquear algunos locales.

Pasado el mediodía del 17D, bajo una llovizna intermitente, 43 de los integrantes de la Guardia Territorial Pemón (GTP) salieron a la calle. La GTP es una organización creada hace apenas meses por las comunidades indígenas para detener la arremetida del hampa contra los pobladores locales y contra los prístinos espacios que constituyen la herencia de este pueblo originario.

"Fuimos peinando en cuadrillas, caminamos hasta la plaza (Bolívar), hasta El Manguito (uno de los bares más concurridos durante los fines de semana en el centro de la ciudad), nosotros como indígenas entramos a las casas y encontramos parte de la ropa saqueada. Los saqueadores se metían a los hoteles porque en ese grupo había prostitutas", comentó Henrito.

En la medida en que la minería prolifera en la Gran Sabana se multiplica la cantidad de prostitutas, jóvenes venidas de las ciudades más importantes del país, en las calles de Santa Elena. 

Al final de aquella tarde, luego de los primeros saqueos en la historia de este poblado fronterizo fundado hace más de ochenta años, se contabilizó a 92 detenidos. Dos días después, 63 de ellos fueron presentados ante el Ministerio Público en Ciudad Guayana y luego conducidos a la Cárcel de El Dorado y a otras prisiones. Nueve de los procesados son mujeres que se dedicaban a la prostitución. 12 de los aprehendidos son menores de edad.

La Comisión de Seguridad Indígena procesó a tres de sus paisanos, hombres pemón que llevados por aquella emoción masiva se unieron a los saqueadores. Los llevaron al silo (especie de sitio de sanción comunitaria indígena), les raparon el cabello y les leyeron las enseñanzas bíblicas.

Cuatro de los hoteles del centro fueron cerrados temporalmente y se suspendió el ingreso  de autobuses durante cinco días; en gratitud con el pueblo, los comerciantes bajaron los precios, un gesto que caducó tras al levantarse el cierre fronterizo, el seis de enero pasado. A partir de la segunda semana de enero, subió el real y los precios retomaron su escalada.

"El propio comandante (GNB) dijo que no tenía orden de actuar y la PEB estaba acuartelada. Se demostró que no tenían capacidad para controlar", dijo Henrito. "Pero Santa Elena tiene una gran fortaleza ante este tipo de situaciones. Somos una potencia. Sólo tenemos que coordinar".

Aquella noche, según el sentido relato que compartió con los asistentes a la sesión del 19D en la Cámara Municipal, el recién juramentado comandante del Destacamento de Fronteras 623 de la GNB, Dennys Ferrer, se arrodilló y dio gracias a Dios por la valentía de aquel pueblo remoto.

Durante la jornada, Ferrer sufrió una caída por lo que recibió siete puntos de sutura en su brazo derecho, algo insignificante en comparación con lo que pudo haber sucedido si aquella embestida no hubiera sido controlada en tiempo récord. Explicó que no podía emplear armamento de guerra.






miércoles, 28 de diciembre de 2016

La pica de los pies descalzos


Tan pronto como el presidente venezolano, Nicolás Maduro, postergó el levantamiento del cierre fronterizo en la frontera con Brasil, docenas de hombres y mujeres comenzaron a trazar y transitar una pica, una trocha, un camino alternativo a la carretera de asfalto y a las caminos verdes ya conocidos sobre los cuales se desplegaron los efectivos miliares para vigilar el paso de los billetes de Bs. 100.  La mayoría de ellos cruzaron para comprar comida en los comercios del lado brasilero. Esta crónica fue escrita a partir del testimonio y vivencias de un grupo de personas durante la mañana del domingo 18. A partir de este martes se flexibilizó el cierre fronterizo. Fotografía: Morelia Morillo.



Por Morelia Morillo @morelia morillo

Por estos días, quienes se atreven a entrar a Brasil o a retornar a Venezuela inician su andar con sus pies limpios y 40 minutos o una hora después llegan a su destino con sus pies enlodados. Y el barro les llega hasta las pantorrillas.

El mismo día en que el presidente venezolano, Nicolás Maduro, decretó  la extensión del cierre fronterizo, inicialmente por 72 horas  y posteriormente por 312 horas más, alguien (uno o varios) abrió una pica para pasar de un lado al otro de los hitos, evadiendo el cierre existente en el flanco venezolano para después volver sobre el asfalto y caminar frente a las instituciones colindantes del lado brasilero.  Sin embargo, hay migrantes que aseguran que la Policía Federal Brasilera establecerá controles muy pronto, que no permitirán que se les llene el país de gente llegada por la pica.

No hay nada oculto, no se puede ocultar tanto barro, brota entre los dedos de sus pies y les llega casi hasta las rodillas; tanta gente, quienes cruzan vienen de todas partes de Venezuela: de Maturín, a dos días de viaje, de El Tigrito, a un día de acá, de Puerto Ordaz, a ocho horas de recorrido; de Santa Elena de Uairén, a 15 minutos; ni tanto saco lleno de arroz, harina de trigo, pasta, azúcar, aceite; ni tanto surco sobre el terreno virgen: la pica describe una herradura por detrás de la última granja ubicada en el borde limítrofe.

Como por ahí probablemente no pasó nadie antes, las huellas humanas van quedando una tras otras como cicatrices del tránsito humano sobre una sabana de aguas perpetuas.

Los hombres y niños warao, habitantes ancestrales del Delta del Orinoco, el río padre del territorio venezolano, sirven de caleteros para quienes regresan con sus sacos después de comprar comida en Villa Pacaraima, la primera localidad fronteriza del lado brasilero.

Los warao llegaron a la Sabana en 2014. Entonces, aseguraron que migraban temporalmente ante la crecida del Río. Dijeron que no podían pescar y que por eso se dedicaban a mendigar entre los brasileros que llevaban por docenas los productos venezolanos, aprovechando las ventajas de su moneda, el real sobre la moneda venezolana, el bolívar. Hay quienes aseguran que los warao son recolectores y que por tanto recolectan monedas como quien recolecta frutos silvestres.

La Gran Sabana es la última jurisdicción venezolana hacia el sureste profundo del país y el territorio heredado del pueblo indígena pemón.

Luego, desde comienzos de 2016, cuando la escasez obligó a los venezolanos a comprar en Villa Pacaraima, la primera localidad del lado brasilero, los warao comenzaron a mendigar en las aceras de la calle Suapi y poco a poco se internaron hacia Boa Vista, capital del brasilero estado de Roraima, fronterizo con Venezuela, de donde los deportan una y una y otra vez por docenas.

Entonces, ellos se quedan en Pacaraima, al lado del Terminal de Pasajeros, sobre las áreas verdes, con todo y sus bebés, a la intemperie.  

Son seres de agua, que caminan descalzos casi siempre, los hombres visten franelas y bermudas, la pica anegada les resulta una pista: llevando sacos de 50, de 60 kilos, corren gritando "maraisa, maraisa, maraisa" es decir "amigo, amigo, amigo".

Los waraos son los habitantes de Mariusa, la región del estado Delta Amacuro, en el extremo norte oriental de Venezuela, sobre la cual se extiende el Parque Nacional Delta del Orinoco. Su hogar es una isla entre los caños Macareo y Mariusa, justo en el punto medio de la desembocadura del Orinoco.

Como los warao, otros 20 jóvenes venezolanos caletean los sacos de comida brasilera hacia el lado venezolano. Por cada saco, cobran 10, 20, 30 reales. Todo depende del negocio entre las partes. Para que sea rentable, cada caletero hace alrededor de 20 viajes diarios. Ante el cierre de la frontera, el cambio fluctúa sobre los 800 bolívares. Algunos de los comerciantes brasileros aceptan los billetes de Bs. 50, pero otros no se arriesgan.

"Con teléfono, con bermuditas, pero sin zapatos, pa' no dañar los zapaticos", se describe José Colmenares, de Maturín, quien llegó a la frontera hace tres meses. "Trabajaba como vigilante, pero ya no se conseguía trabajo. Ganaba 40 000 bolívares mensuales (…) Aquí hay gente de toda Venezuela porque es la única manera que tienen de conseguir comida".

Julio Castro, de San Félix, gana 1300 reales semanales trabajando la construcción. "Y el fin de semana pa' la trocha", a caletear sacos de comida sobre el pantanal y a pies descalzos.

Nulfo Rodríguez, un hombre de 46 años, residente de Puerto Ordaz, cuenta que tiene casa, carro y gandola, pero no tiene dinero para repararla. La vida lo puso a patear el fango, cargando sacos de un país al otro con el rostro sudoroso y la respiración agitada.

"Usted cree que uno, venezolano, de un país tan rico y hermoso tenga que estar pasando este trabajo. Tanto gobierno como oposición se aprovechan".

Una familia completa, un hombre y una mujer, ambos muy jóvenes, dos niñas de menos de tres años y un segundo hombre joven también saltan tratando de evitar el pantano. Apenas llevan equipaje. "Somos de El Tigrito, estado Anzoátegui. Nos quedamos sin real y no podemos seguir en Venezuela. Nos están esperando allá, en Brasil".

"Esto es lo mismo que hacen los centro americanos para ir a Estados Unidos, estamos conquistando el sueño americano", dice otro hombre que cruza con su mujer y su hija. Él sonríe, pero ellas se quejan del barro y del mucho caminar.

Hoy,  retornan también algunas de las familias brasileras que quedaron varadas en suelo venezolano hace casi una semana. Llevan sus niños en hombros. Están agotados, tal vez por la estadía postergada en el país vecino. Los pies de los adultos están hechos fango.

Es domingo, 18 de diciembre y nadie parece recordar que faltan seis días para Navidad.





martes, 20 de diciembre de 2016

Any y Luis volvieron a Venezuela tras perderlo casi todo en Boa Vista

Simultáneamente, el  viernes ante pasado, la Policía Federal Brasilera inició la deportación de 450 venezolanos porque trabajaban ilegalmente o mendigaban en Boa Vista, pero un tribunal suspendió el proceso por considerar que no recibieron la asistencia de ley. Ilustración: tomada de Factoría Yuguero.

Esta nota fue publicada inicialmente en El Pitazo.com
Any Narváez y Luis Cordero jamás pensaron que volverían a su país, exactamente 73 horas después de haber salido desde su casa, en Puerto La Cruz, hacia Córdoba, Argentina.

El martes seis de diciembre, a las seis de la tarde, subieron al autobús de Expresos Occidente -que viaja directo hacia la frontera con Brasil tres veces por semana- con 200 dólares y no más de Bs. 100 mil y el viernes nueve, sobre las siete de la noche, llegaron al Terminal Internacional de Santa Elena de Uairén con lo suficiente para un pasaje al Puerto. "Nos robaron en el Terminal de Boa Vista, los propios venezolanos", contó Any.

Córdoba está en el centro de Argentina. Boa Vista es la capital del brasilero estado de Roraima, de cara a Venezuela. Santa Elena la población venezolana más cercana a Brasil.

Hasta la primera semana de diciembre, Any se ocupaba del diseño de un periódico y Luis Anibal de impresiones a gran escala. "Vivíamos con la incertidumbre de si comes hoy o comes mañana. Con todo y que él no ganaba sueldo mínimo, no nos alcanzaba".

Un amigo les habló de Córdoba, de la posibilidad de conseguir un empleo de medio tiempo en un hotel, con las tres comidas y una habitación incluida y les pasó el contacto. Sacaron la cuenta y se dedicaron a trabajar y a ahorrar. Según sus cálculos, con 200 dólares les alcanzaría para ir por tierra, vía Brasil, hacia Bolivia y finalmente llegar a Argentina.

En el autobús de Occidente conocieron a otro viajero venezolano y a dos argentinos. Como todos iban hacia Manaus, la principal ciudad del estado Amazonas, a 14 horas de la frontera con Venezuela, decidieron viajar juntos. Sólo Any había llegado hasta Ciudad Guayana, a cuatro horas de Puerto La Cruz. Su papá es ingeniero civil y trabajó en El Guri, en el Complejo Hidroeléctrico "Simón Bolívar". 

Cuando desde el autobús vieron el Roraima, el más grande de los tepui de la cadena oriental, ambos sintieron escalofríos.

Bajaron del autobús el miércoles en la tarde. Ya en Villa Pacaraima, la pequeña localidad brasilera que colinda con Venezuela, cambiaron los bolívares por reales e ingresaron a la sede de la Policía Federal Brasilera. Les dieron 15 días de estadía. Sobre las seis de la tarde, tomaron el carro por puesto hacia Boa Vista. "Compartimos el carrito con el venezolano y los dos argentinos, pagamos 35 reales por persona".

Al llegar al Terminal de Boa Vista eran las nueve de la noche y los pasajes del siguiente autobús hacia Manaus se habían vendido. "Entonces nos pusimos a compartir con los venezolanos que viven en el terminal, son más de 100 y dentro de ese grupo hay dos alemanes. Viven ahí, fuman, pintan de vez en cuando y un grupo evangélico renacentistas les da la comida tres veces al día (…) Nos tocó dormir ahí, en el piso. Pusimos los bolsos en el medio y nos pusimos uno de un lado y el otro del otro. Yo guardé los reales y tres dólares, por si acaso y mi esposo el resto de los dólares. Dormimos por turnos".

Ya en la madrugada, Any fue al baño, se duchó, se aseó y después lo hizo Luis Anibal. Ella recuerda que a él lo siguieron los dos argentinos y el venezolano con quienes viajaron. Al amanecer, se percataron de que no tenían los 197 dólares que había guardado Luis.
Roraima tiene aproximadamente 500.000 habitantes. El Gobierno de Roraima ha dicho que en la entidad hay 30.000 venezolanos. La mayoría de ellos radicados en Boa Vista, a 230 kilómetros de la frontera, mientras que otros se quedan en Villa Pacaraima, al lado brasilero de los hitos. Desde que comenzó el éxodo masivo, hace seis meses, las autoridades lo han atendido como una crisis humanitaria, motivada por la escasez de alimentos y medicinas. Pero algo está cambiado en esa percepción con respecto a los inmigrantes venezolanos.
Al amanecer del viernes, mientras Any y Luis Anibal, despertaban sin dinero en un país extraño y buscaban la manera de regresar, la Policía Federal (PF) Brasilera detuvo a 450 venezolanos en Boa Vista e inició su deportación. En la nota dirigida a los medios, la PF explicó que se encontraban desempeñando actividades no turísticas, trabajo remunerado y mendicidad. Todos fueron trasladados en autobuses hasta la frontera venezolana. Con los 450 sumarían 900 los venezolanos desterrados durante 2016.
Sin embargo, poco antes de que bajaran de los vehículos que los transportaron, desde Boa Vista Pacaraima por BR 174, el Tribunal Regional Federal de la 1º Región suspendió la deportación. La decisión fue tomada en respuesta a la solicitud de la Defensoría Pública de la Unión, por considerar que los extranjeros fueron capturados y llevados a la PF sin derecho a conversar con alguna de las entidades encargadas de asistirlos en un país en donde tanto los nacionales como los foráneos cuentan con los mismos derechos. Entonces, sólo algunos aprovecharon el aventón forzoso para quedarse en Pacaraima.
Any y Luis Anibal, por su parte, sólo recibieron el apoyo de un venezolano, un hombre que trabaja con los choferes del terminal. "Nos dio de comer y nos llevó hasta el terminal de los carritos que viajan hacia Pacaraima. El conductor del taxi dijo que él siempre escuchaba en la radio brasilera que los venezolanos habían robado", recordó Any.

De acuerdo con una nota publicada en la Folha de Sao Paulo los registros policiales pasaron de vincular a 58 venezolanos en 2015 a vincular a 220 en 2016.

"Nos pasó ese chasco y no somos personas analfabetas porque la mayoría de los que están allá son indigentes, no tienen ni sexto grado (…) Los mismos venezolanos están haciendo desastres contra los venezolanos y nadie ayuda, ni los que están establecidos ni los indigentes. Es difícil aceptar que uno no puede creer en nadie. Aprendimos que no hay que ofrecerle ayuda a todo el mundo porque nosotros éramos muy de eso, de ayudar a todos", dijo Any, sentada en uno de los bancos de cemento del Terminal de Santa Elena.

"Nos están cobrando diez mil bolívares hasta Puerto La Cruz, como si fuéramos hasta Caracas. Vamos a esperar para hablar con el chofer a ver si nos lleva a los dos, aunque sea en el pasillo. Uno sentado y el otro parado. Ahí veremos".




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